Ciencia en abierto e industria

13 Septiembre, 2007, por César Córcoles

Sobre el tema del acceso abierto al conocimiento, sobre el papel, todos estamos de acuerdo: cuanto más facilitemos el acceso al conocimiento más rápido avanzaremos en la solución de los problemas que nos acucian.

Pero, desafortunadamente, cuando hay dinero de por medio todo suele complicarse. Así, por ejemplo, no es difícil encontrar ejemplos de cómo la industria farmacéutica defiende su negocio aún a costa, a veces, de la salud de algunos.

No son las farmacéuticas las únicas que se lucran a base de provocar una escasez artificial de conocimiento: las editoriales de revistas científicas se consideran (con razón) víctimas del movimiento open access. Hace años que venden suscripciones a precios considerables (en algunos casos, exorbitantes, de hecho) y cada vez que alguien decide publicar, por ejemplo, sus últimos hallazgos en el arXiv, el editor de alguna revista se está quedando sin un contenido potencialmente interesante para incluir en su próxima edición.

Como es de esperar, los editores luchan con uñas y dientes por defender su modelo de negocio. Si encima algún gobierno decide que la investigación realizada con cargo a fondos públicos debe publicarse en abierto (y afortunadamente cada vez más instituciones públicas lo hacen) el negocio editorial se ve entre la espada y la pared. Y en situación de desesperación usamos todos los recursos a nuestro alcance, olvidando a veces el respeto a la verdad. El último caso lo cuentan en Ars Technica: algunas editoriales han formado un lobby que defiende que el modelo del acceso abierto pervierte las más básicas normas del proceso de peer-reviewing.

Si bien es cierto que muchas de las cosas que se publican en internet no son fiables, no deberíamos confundir (y menos si hay intereses ocultos no declarados de por medio) términos: ni publicación en internet equivale necesariamente a baja calidad (véase el ejemplo de Perelman, con una medalla Fields por publicaciones en arXiv) ni publicación en cualquier revista equivale en todos los casos a gran calidad, desafortunadamente… Y es que el problema de la reputación y la fiabilidad puede magnificarse con la red (que lo amplifica casi todo, para bien o para mal), pero no lo ha creado internet…

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Anatema: autoarchivo y autopublicación de resultados de investigación

20 Abril, 2007, por Ismael Peña-López

Firma invitada: Ismael Peña-López
Profesor de Políticas Públicas para el Desarrollo e ICT4D
Universitat Oberta de Catalunya

Ismael investiga el impacto de las Tecnologías de la Información y la Comunicación en la sociedad, especialmente en aquellos colectivos más desfavorecidos, dando lugar a lo que se ha venido a llamar la brecha digital. Uno de los temas que le interesan es cómo la disponibilidad de contenidos y servicios digitales pueden actuar en contra o a favor del progreso de dichos colectivos.

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Dicen George Roberts (y otros coautores) que un repositorio puede se un sistema demasiado descontrolado como para empezar, que cualquiera podrá dejar ahí cualquier cosa; tanta libertad puede ser un anatema para algunos ya que se abandona todo tipo de control sobre el sistema, pero [es probable que] esta aproximación pueda facilitar en gran medida una adopción a corto plazo [del repositorio]. Nos estamos refiriendo, por supuesto, a sitios web que una institución — generalmente una universidad u otro tipo de organización académica — ponen a disposición de docentes e investigadores para que, mediante determinada aplicación informática, utilicen el sitio para depositar o bien objetos de aprendizaje o bien artículos de investigación.

Sin embargo, lo que realmente sería anatema fuera proponer no la colaboración o uso de repositorios institucionales, sino que cada académico se montase el suyo propio. La cuestión no es baladí: por algún motivo o motivos que todavía no están claros, resulta que la Academia no se anima a utilizar dichas herramientas. Si miramos las estadísticas de uso, da la impresión que la concurrencia es abrumadora. Sin embargo, divididas esas estadísticas por unidad de tiempo y, todavía más, por potenciales proveedores de contenidos, el panorama no es desolador… pero casi.

Cuando el problema es debido a los derechos de propiedad intelectual, la persona individual, por norma general, tiene poco que hacer. Es el caso de la publicación en revistas científicas que o bien no permiten la reproducción de los artículos fuera de ellas o bien lo permiten después del llamado período de embargo. Dado que los editores ostentan los derechos, los repositorios no pueden alimentarse de todos esos contenidos.

A veces la cuestión es “sencillamente” saber incentivar al autor a que publique en abierto — y en el repositorio institucional —, ya que las herramientas existen, pero la montaña no va a Mahoma. De eso sabe mucho Bernard Rentier, el actual Rector de la Universidad de Lieja, que, sin obligar al uso del repositorio de la Universidad, afirma en su excelente blog: a partir del año académico 2007-2008, las únicas listas de publicaciones de los miembros de la ULg que se tomarán en cuenta oficialmente en todo proceso de evaluación interna, sea el que sea, serán las que generará la Bibliografía Institucional, es decir, el listado de lo que haya en el repositorio de la casa.

En la mayoría de los casos — y esto es especialmente relevante en los países en vías de desarrollo y subdesarrollados, pero no exclusivo — es que, simplemente, dicho repositorio no existe. Si bien es cierto que sí existen repositorios de ámbito internacional, de uno u otro modo los más reconocidos tienen sus condiciones para subir los artículos o materiales: o deben ser libres, o deben haber pasado un proceso público de revisión y validación, etc. Sin ánimo de atacar dichos criterios — que compartimos en muchos casos — se dan circunstancias donde interesantísimos contenidos no tienen cabida en dichos repositorios por cuestiones puramente formales. Entonces, quedan dos opciones: o bien se dejan de subir a dichos repositorios, o bien se diseminan por Internet según la tipología: las presentaciones en Slideshare, los diagramas en Flickr, las conferencias en VideoLectures, etc.

Decíamos que lo que resultaría anatema es que cada uno se lo montara por su cuenta. Pero ¿por qué? Con las actuales tecnologías es posible maquetar con extrema facilidad un artículo o un material didáctico para que tenga una apariencia más que buena. Las tecnologías web 2.0 ofrecen al académico docenas de herramientas que le permiten publicar en la red como nunca antes había sido posible. Obtener un ISBN o un ISSN para una publicación puntual o seriada — respectivamente — es un trámite que puede realizarse ya en línea casi al completo o al completo, según requisitos. ¿Por qué, entonces, no aventurarse a (a) auto-archivar los propios trabajos y (b) auto-publicar lo que, en otras circunstancias, nunca saldrá a la luz?

Por supuesto, y ya lo hemos dicho antes, no nos referimos a saltarse el sistema académico que garantiza la calidad de las publicaciones, en absoluto. Pero, por norma general, tesis, tesinas, trabajos de final de carrera (en el caso de estudiantes), working papers, etc. pasan internamente por un filtro de revisión tan bueno o mejor que el que siguen las revistas especializadas… pero, salvo excepciones, no saldrán de nuestro despacho.

¿Queda, pues, un nicho para la acción individual en el ámbito de la publicación y la difusión de la investigación y la docencia?

Otros artículos de Ismael Peña-López en Educación y Cultura

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Introducción al paradigma del Acceso Abierto (Open Access)

16 Febrero, 2007, por Ismael Peña-López

Firma invitada: Ismael Peña-López
Profesor de Políticas Públicas para el Desarrollo e ICT4D
Universitat Oberta de Catalunya

Ismael investiga el impacto de las Tecnologías de la Información y la Comunicación en la sociedad, especialmente en aquellos colectivos más desfavorecidos, dando lugar a lo que se ha venido a llamar la brecha digital. Uno de los temas que le interesan es cómo la disponibilidad de contenidos y servicios digitales pueden actuar en contra o a favor del progreso de dichos colectivos.

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Hace un tiempo hablábamos aquí sobre los Recursos Educativos Abiertos (OER en sus siglas en Inglés). Este movimiento, sin embargo, no emerge de la nada, sino que se enmarca en otro de mucho mayor calado — todo un nuevo paradigma, según algunos autores — que ha venido a llamarse Acceso Abierto u Open Access (OA). Este acceso se refiere al acceso al conocimiento, en sentido amplio, o al acceso a las publicaciones científicas y educativas, en sentido más estricto.

Este cambio de paradigma se origina por dos grandes constataciones, ambas derivadas de la creciente incorporación de las Tecnologías de la Información y la Comunicación en nuestras vidas:

  • Por una parte, hay un creciente consenso que la información y, muy especialmente, el conocimiento, son piezas clave en el funcionamiento y desarrollo de las sociedades. No en vano, se han convertido ya en términos populares conceptos como Sociedad de la Información o Sociedad del Conocimiento.
  • Por otra parte, esas mismas tecnologías han hecho posible que la información se almacene en formato digital, cuyo coste de difusión y reproducción es ínfimo, tanto en términos absolutos, como, sobretodo, en relación al papel.

Existen, además, tres aspectos que han venido a reforzar los dos puntos anteriores:

  • El primero es el tradicional funcionamiento de la Academia, acostumbrada a auparse sobre hombros de gigantes para, a través de los descubrimientos ajenos, sumar la propia aportación a la ciencia y, en definitiva, al saber de la Humanidad
  • El segundo han sido los sorprendentemente crecientes precios de las publicaciones científicas, muy por encima de las tasas de inflación de los países de origen, que han dificultado el acceso a dichas publicaciones y, en el peor de los casos, lo han directamente hecho prohibitivo para científicos de economías menos desarrolladas
  • Por último, nos hallamos ante la paradoja de que gran parte de los gastos en investigación y desarrollo son pagados con fondos públicos — de nuestros impuestos — y, no obstante, los resultados no son de libre acceso porque dependen de derechos que ostentan, no ya los financiadores o los autores, sino las editoriales.

Ante la creciente importancia (de la difusión) del conocimiento y el decreciente coste de reproducirlo y compartirlo, en contraposición a los crecientes precios y el hecho de tener secuestrados los resultados de un gasto público, el mundo universitario ha ido liderando una serie de acciones que han acabado por calar en otros muchos estamentos de la sociedad.

De lo que se trata, y siempre de forma que no tenga porqué ir en detrimento de los derechos de los autores o reproductores (llámese copyright, propiedad intelectual o cómo se desee), es de intentar aprovechar las indudables ventajas de los formatos digitales para hacer de ese conocimiento no un bien escaso sino, bien al contrario, algo al alcance de todos, y muy especialmente de (a) la comunidad científica, que debe edificar sobre ese conocimiento ya existente y de (b) los países en vías de desarrollo, para que no tengan que reinventar la rueda y puedan aprovechar la sabiduría común para progresar y alcanzar mayores cuotas de bienestar.

Nos gustaría enlazar aquí una compilación de lecturas introductorias a la cuestión del Acceso Abierto, con especial énfasis en esta última perspectiva de los países en vías de desarrollo. La compilación puede encontrarse en la siguiente referencia:

Ismael Peña-López (2007) “A Reader on Open Access for Development” En ICTlogy, #41, February 2007. Barcelona: ICTlogy.
Consultada en línea el 16 de febrero de 2007 en http://ictlogy.net/review/?p=503

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