La suerte de la RSE en la “deslocalización” de las empresas

Desde inicios de los años 90 del siglo XX, en países menos industrializados, así como en ciertos países industrializados pertenecientes a la ODCE, viene operando un clásico fenómeno en los procesos de redistribución del parque industrial: la deslocalización. En pocas palabras, la deslocalización ocurre por el cambio de las condiciones óptimas para el desarrollo de los negocios, vale decir, la modificación de las variables que transforman un ramo u ocupación industrial en rentable o inestable. En los países desarrollados, como por ejemplo, y más propiamente en Europa Occidental, la deslocalización adquirió fortaleza por los costes y protecciones laborales y sociales europeos cada vez más inflados, que terminan haciendo de la empresa un ente para nada competitivo de cara a la industria asiática o la siempre liberal norteamericana. Así, el negocio se muda hacia naciones donde la mano de obra es tan barata como prácticamente "gratis" (El caso de China, India, Vietnam o Europa del Este). Las denuncias de estas prácticas de parte de la OIT abundan y no viene al caso mencionarlas. Para paliar o frenar el fenómeno, la UE ha diseñado una serie de normativas comunitarias que dificultan la deslocalización, pues, cuando una empresa abandona su geografía originaria no es simplemente desmantelar los galpones o maquinarias automatizadas, sino, que con ella también se muda la fuente del bienestar de dicha comunidad, incluyendo, aquellas políticas de responsabilidad social que regularmente venía desarrollando.
Sin embargo, contra aquello que pudiera resultar incomprensible, la deslocalización también ha venido operando en menor medida en algunos países considerados de mediano desarrollo o semidesarrollados. Es el caso de algunos países latinoamericanos que por falta de seguridad jurídica y económica, donde, buena parte de su incipiente parque empresarial (de capital local o trasnacional) ha tenido que mudar operaciones a países como Brasil, Colombia, y más recientemente, el boom del capital se dirige a Panamá. Los motivos surcan la policromía de turbulencias, que parten desde la seguridad individual hasta el riesgo político de un cambio radical de modelo socioeconómico. La salida de empresas emblemáticas o trasnacionales con décadas de arraigo en un país determinada, ha traído consigo un debate entre algunos empresarios sobre las consecuencias sobre la RSE de esta deslocalización. Puedo citar un ejemplo en concreto, que pude plasmar personalmente: Fue en un foro abierto establecido por el empresariado del occidente Venezuela, donde se escucharon voces que protestaban la falta de compromiso social con esas empresas que poco a poco abandonaban Venezuela. Un buen número de ellas sostiene y articula un cúmulo importante de programas vinculados a la RSE, que, ante su inminente partida se corre el riesgo de echarse al olvido o en el mejor de los casos, el Estado termina por absorberlos.
Frente a esta disyuntiva, pues, por un lado, es legítimo que un accionista ante el peligro desee proteger el capital invertido e irse donde su esfuerzo genere el mejor de los dividendos. Pero, por otro, también existe el compromiso ineludible con sus trabajadores y con el entorno local donde se ubica. Sobre los trabajadores, ya el Derecho del trabajo se ha ocupado lo suficiente del asunto. Sin embargo, en este proceso, la mayor perjudicada tiende a ser la RSE donde el Derecho hasta el momento no ha tomado las previsiones para protegerlo. Frente a este vacío, ¿qué opinan ustedes?.
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