26 Marzo, 2008, por Arantza Echaniz Barrondo
"Pero yo pienso que es más práctico saber que sentimos diferente y comprender que lo que ellos hacen o dejan de hacer se debe, sencillamente, a que, como dice la canción, Men are different… Y nosotras también" Carmen Posadas.
Desde que leí El cerebro femenino de Louann Brizendine (Barcelona: RBA, 2007) estoy dándole vueltas a lo que ahí se decía. Siempre he pensado que hombres y mujeres, como reza la cita anterior, son muy diferentes por naturaleza. En estas líneas señalaré algunas de las ideas que más me han impactado. Debo empezar señalando que su lectura es muy agradable y recomendable tanto para mujeres como para hombres ya que ayuda a entender la biología innata de las primeras (y las implicaciones que dicha biología conlleva) y los cambios que se van sucediendo a lo largo de la vida de la mujer.
Laura Brizendine es una reconocida doctora norteamericana con más de 20 años de experiencia como neuropsiquiatra y fundadora de The Women's Mood & Hormone Clinic, centro que se dedica a la investigación y tratamiento de los cambios de humor, la ansiedad y las disfunciones sexuales asociadas a los niveles hormonales.
Históricamente a las mujeres se les ha atribuido menor inteligencia debido al menor tamaño de su cerebro. La anatomía cerebral ha demostrado que hombres y mujeres tienen el mismo promedio de inteligencia. Tienen un número similar de conexiones cerebrales, lo que ocurre es que en la mujer se concentran en un cerebro más pequeño y están repartidas de diferente forma. El cerebro femenino es más apto para la empatía y la captación de matices emocionales mientras que el masculino tiene más espacio dedicado al impulso sexual y centros más desarrollados para la acción y la agresividad. Dicho en palabras de la autora: "Mientras éstas tienen una autovía de ocho carriles y los hombres una carretera secundaria para procesar la emoción, los hombres cuentan con un aeropuerto como el O'Hare de Chicago para procesar ideas sexuales, mientras las mujeres sólo tienen el aeródromo de al lado donde aterrizan aviones pequeños y particulares" (p.113).
Es muy llamativa la gran influencia de las hormonas en las mujeres. Éstas crean una realidad femenina. En la mujer se dan más cambios a lo largo de la vida. Y en la etapa fértil los cambios están en función del ciclo menstrual. Este hecho me hace replantearme una afirmación masculina que siempre me ha molestado: "Déjala, estará con la regla". Está demostrado que las mujeres estamos más a merced de las hormonas.
Una sugerente idea es que no hay cerebro unisex. Tanto la educación de género como la biología nos hacen lo que somos. Aunque hay que tener presente que la experiencia y las interacciones pueden cambiar el cableado cerebral. La autora también cuenta una ilustrativa anécdota: "Una de mis pacientes regaló a su hija de tres años y medio muchos juguetes unisex, entre ellos un vistoso coche rojo de bomberos en vez de una muñeca. La madre irrumpió en la habitación de la hija una tarde y la encontró acunando al vehículo en una manta de niño, meciéndolo y diciendo: 'No te preocupes, camioncito, todo irá bien'. Esto no es producto de la socialización. Aquella niña pequeña no acunaba a su 'camioncito' porque su entorno hubiera moldeado así su cerebro unisex. No existe un cerebro unisex. La niña nació con un cerebro femenino, que llegó completo con sus propios impulsos" (pp. 33-34).
Las niñas se interpretan en función de las interacciones con los demás. Desde muy pequeñas aprenden a leer las caras. Tienen mayor comunicación emocional. Las mujeres están programadas para mantener la armonía social. En tiempos esto fue una cuestión de supervivencia. "Muchas mujeres encuentran alivio biológico en compañía de otra; el lenguaje es el pegamento que conecta a las mujeres entre sí" (p. 58). No es así en los hombres y de ahí que muchas mujeres sufran por el diferente patrón de comunicación de sus parejas. También es diferente la reacción ante el conflicto y el estrés de las relaciones. Mientras que los hombres pueden incluso disfrutar con el conflicto, en las mujeres se desencadenan reacciones hormonales negativas.
Las mujeres han evolucionado hasta llorar con muchas más facilidad. Los hombres no se dan cuenta de que algo va mal hasta que ven llorar a una mujer. Esto se debe a que no saben leer de igual manera los rasgos emocionales.
Son muy interesantes los capítulos dedicados al amor y el sexo pero no los voy a comentar en este momento. En el libro va recorriendo por capítulos las diferentes etapas hormonales y cerebrales de la mujer. Aquí únicamente he destacado algunas ideas de dicho recorrido.
Para terminar diré que lo leído, confirma mi experiencia vital y de relación con los hombres y también con las mujeres. Ha hecho que me preocupe por la ‘determinación' que suponen las hormonas en las diferentes etapas de la vida. Y, sobre todo, me anima al conocimiento personal y del otro como vía para descubrir y potenciar las diferencias. Hombres y mujeres son diferentes… ¡y qué bien que lo sean!
Para profundizar más en le tema, les dejo una interesante entrevista realizada por Eduard Punset a Louann Brizendine
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12 Marzo, 2008, por ROGELIO FERNÁNDEZ ORTEA
Muchas veces nos preguntamos que tienen que ver las emociones en la empresa, o qué fundamento tiene la Inteligencia Emocional (IE) dentro de la gestión de las organizaciones. En mi opinión, tienen mucho que ver ya que las personas se configuran como pieza fundamental de la competitividad en nuestra sociedad, y las emociones constituyen a la persona tanto como su parte racional, y ambas son necesarias en una persona bien integrada.Sin embargo, este razonamiento puede parecer demasiado general, poco concreto, y para dar otro ejemplo de la importancia de la IE en la empresa quiero hacer referencia a uno de los procesos que más incidencia tienen en el futuro de nuestra organizaciones y en nuestras vidas: el Cambio.
Mucho se ha escrito sobre este asunto y mucho más se ha invertido en él, tanto de las instituciones públicas como desde el ámbito privado, para que las personas sean capaces de abrazar el cambio en sus organizaciones. Cambio que por otro lado se hace indispensable en entornos caóticos y poco estables como los que vivimos en el que la flexibilidad se hace indispensable no sólo para los trabajadores sino también para la propias organizaciones. Pero hay algo detrás de este proceso que es capaz de impedir sus desarrollo, una emoción: el miedo.
El miedo a lo desconocido; el miedo a la pérdida de un estatus laboral conseguido durando mucho tiempo; el miedo a perder lo poco que se tiene; miedo a perder la comodidad; miedo a perder el poder; miedo al fracaso; miedo al ridículo; miedo a tomar la iniciativa; miedo a no encontrar el camino; miedo a perdernos en él; miedo a no poder volver… Miedos todos estos que paralizan el proceso, que paralizan el cambio, que nos paralizan como personas y que hace que sigamos haciendo lo mismo, incluso sabiendo que si seguimos haciéndolo tendremos más de lo mismo… la inmovilidad y con ella el fracaso, la no mejora, la extinción de la empresa.
¿Pero es siempre esta emoción una cortapisa para el cambio? No lo creo. Existe un miedo movilizador, no paralizante, que es la emoción que nos puede impulsar a los procesos de cambio organizativo. Un temor que nos prevee de lo que nos puede ocurrir de no cambiar; temor a perder nuestra posición competitiva y que hace que iniciemos el proceso de cambio. Un miedo adaptativo y que ha valido a la especie para poder sobrevivir a lo largo de toda la historia de la humanidad y que la empresa tiene que saber gestionar para aprovecharlo para su propia supervivencia, para su crecimiento y competitividad…. La diferencia entre ambos… la gestión de las emociones: la Inteligencia Emocional.
A mi entender, el saber percibir y comprender y gestionar nuestra emociones, bien sean personales como organizativas, puede ser la diferencia entre la supervivencia y la extinción, entre el cambio y el inmovilismo, entre la permanencia y la innovación. Debemos saber gestionar inteligentemente las emociones para que su fuerza sea capaz de movilizarnos y, con rostros, a la organización hacia nuevos espacios de competitividad organizacional y de mayor felicidad personal. Espacios, en definitiva, para el cambio.
Para concluir esta reflexión sobre las emociones y el cambio en la empresa, me gustaría plantearles dos preguntas…
¿Qué harían si no tuvieran miedo? y ¿Qué cambiarían en sus vidas y en su trabajo?
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22 Febrero, 2008, por BEÑAT MARTÍN PEREIRAS
La razón de ser de las empresas va cambiando cada día. Aunque sabemos que sus valores y principios cuesta mucho cambiarlos, es un proceso lento pero que poco a poco va ganando terreno en gran medida por que cada vez más se va incrementando la participación de las empresas en la sociedad y la sociedad en la organización.Por ello las empresas tienen que tener en cuenta el impacto que tienen las acciones desarrolladas por su sociedad, es más, ¿cómo van a afectar al entorno?. Tienen que tener asumir realmente que ellos forman parte de ese entorno y que deben de cuidarlo por que es su "obligación".
Pero esta acción no ha de ser tomada como una obligación si no como una relación de mutuo beneficio con la sociedad a la que pertenece. Ahora que estamos preocupados por la sostenibilidad, es el momento en el que las organizaciones devuelvan a la sociedad acciones socialmente responsables. Deben de contribuir al desarrollo de la sociedad en la que conviven.
Las empresas según van cubriendo sus necesidades básicas (éxito, permanencia, cuota de mercado, supervivencia, o cuanto más se desarrolla y estabiliza la economía del país) están llamadas a tomar conciencia de que forman parte de la sociedad y ésta cada vez les va ir exigiendo más. Las organizaciones tienen que tener en cuenta que es en este entorno donde desarrollan sus actividades y si quieren seguir haciéndolo es primordial para ellas cuidarlo.
Los empresarios deben de incluir la RSC dentro de sus decisiones sociales. La atención de la RSC en la empresa no solo se queda en cuanto al medio ambiente sino que también a lo ético, económico y legal (actuar correctamente respecto a las normas). Aunque de entrada todo parezca muy complicado y poco atractivo, en gran medida debido al radical cambio interno que hay que realizar dentro de las empresas. Si a esto se suman los gastos de adaptación (nuevas tecnologías de información y comunicación entre otras) todavía parece más complicado.
Está claro que las empresas que han decidido aplicar la RSC dentro de su filosofía, poco a poco están disfrutando de los beneficios internos y externos que están logrando. Además está apuntando a un negocio de cara al futuro, puesto que su imagen de cara a la sociedad indica que lo están haciendo bien.
Soy consciente que muchas empresas utilizan la RSC para generar marketing, pero que más da con tal de que hagan lo correcto. Además cuantas más empresas comiencen con esto mejor, por que con el tiempo la sociedad les irá exigiendo más y más, y para cuando deje de ser "una moda", estará tan integrado en las organizaciones que imaginar una empresa sin RSC sea como pensar en una empresa sin departamento de dirección o algún departamento esencial necesario para lograr los objetivos.
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19 Octubre, 2007, por Iñaki Beti Sáez

Aunque la "Inteligencia Ambiental" (AmI) es un concepto que se ha acuñado en el ámbito del desarrollo de las TIC y, en principio, tiene que ver con cosas como la vida artificial, los ordenadores emocionales, los hogares que nos reconocen y nos preguntan qué tal hemos pasado el día o con los sistemas de inmersión virtual, es decir, con los entornos "saturados de ordenadores y capacidades de comunicación, integrados fácil y amigablemente con los usuarios, de modo que la tecnología se utiliza tan profusamente que tiende a desaparecer de la conciencia de los usuarios" (J. Jiménez y E. Menduiña), dicho concepto debería también tener en cuenta la "inteligencia" de los entornos no tratados ni manipulados por la mente humana, de los cuales, por cierto, nosotros somos producto. ¿O es que los entornos naturales no son inteligentes?Ser inteligentes ambientalmente hablando debería hacernos conscientes de que no hemos venido a este mundo sino que hemos surgido de él; de que el agua o los árboles o el resto de las especies son necesarias para nuestra supervivencia porque forman parte radical de nosotros mismos. A veces tengo la impresión de que mientras construimos tornillos inteligentes, olvidamos de cuidar con el mismo interés lo más básico y necesario: el aire que respiramos, el agua que bebemos…
Cuanto más crecemos en inteligencia "artificial" más disminuimos en inteligencia "natural", hasta tal punto esto es así que hemos conseguido atontar al planeta, o, lo que es exactamente lo mismo, atontarnos a nosotros mismos. Al menos, esto es lo que nos dicen los flamantes nuevos Premio Nobel de la Paz Al Gore y Rajendra Pachauri.
El mes próximo se celebra en Eindhoven el Simposio Europeo sobre Inteligencia Ambiental. Habrá que ir.
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18 Octubre, 2007, por José Luis González-Pernía
En la versión impresa de la Revista Emprendedores de este mes me encontré con un artículo titulado "¿Por qué fracasan los emprendedores?" (disponible también en la versión online). Se trata de un comentario que Fernando Trías de Bes hace a su reciente publicación "El libro negro del emprendedor", un ensayo en el que el autor recoge 14 "factores clave de fracaso". Este enfoque plantea algo muy distinto a lo que tradicionalmente presentan los textos comerciales escritos para emprendedores: factores cláve de éxito. Desde luego, el enfoque resulta interesante y, por ello, vale la pena reflexionar sobre él.
Analizar el éxito de otros emprendedores para aprender lo que debemos hacer con el fin de sobrevivir, puede llevarnos a copiar las mejores prácticas y a alcanzar una estandarización de nuestra actividad empresarial con respecto al sector o mercado donde competimos. En otras palabras, utilizar las mismas estrategias que otros han aplicado para alcanzar el éxito nos hace parecer al resto de emprendedores, sin que ello nos garantice la supervivencia. Seguir el éxito de los demás probablemente nos ayuda a ser eficientes, pero no nos permite ser innovadores, pues el camino que nos deja para recorrer está limitado a lo que conocemos como factores cláve de éxito.
Por el contrario, analizando el fracaso de los demás podemos aprender los errores que debemos evitar para tener éxito. Este aprendizaje es mucho más rico que el que podamos obtener conociendo lo que es exitoso, ya que mediante la identificación de las causas de fracaso podemos tomar medidas para reducir éstas y aumentar así las posibilidades de éxito. Además, en la práctica, bajo este pensamiento se da pie a que las cosas que el emprendedor deba hacer para sobrevivir no sólo se limiten a los factores cláve de éxito. Es decir, saber lo que NO debemos hacer nos invita a que podamos experimentar infinidad de cosas para alcanzar el éxito.
En su libro "La creación de empresas en Cataluña", David Urbano, miembro del Proyecto GEM, sostiene que más del 50% de las empresas nuevas en Cataluña cesan su actividad al quinto año de gestación. En el caso del País Vasco, también nos encontramos con que una de cada dos empresas nuevas muere después de cinco años de creada. Probablemente esta realidad se repite también a nivel de España, con lo cual el ratio de fracaso y el ratio de éxito a los cinco años son similares. Dicho de otra manera, tan importante como conocer los factores cláve de éxito, es saber cuáles son las causas de fracaso de los emprendedores.
Por lo tanto, si al tradicional enfoque basado en los factores cláve de éxito, añadimos el enfoque de las causas de fracaso, podremos tener una visión más amplia sobre el rendimiento de los emprendedores. Seguramente, con ello los emprendedores podrían avanzar en la mejora del rendimiento empresarial, ¿no creen?
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