El oficio de investigar
Ilusión es el experimento que hemos planificado y que sale por primera vez; ilusión es cuando nos aproximamos a la demostración de una hipótesis; cuando vemos que las piezas de nuestro trabajo experimental encajan para dar origen a un modelo teórico o a la explicación racional de un proceso. En esos momentos pensamos que nuestro quehacer tendrá aplicación. Esa es la ilusión. En esos instantes se cree en la ciencia y en nosotros. Y, parafraseando a Antonio Machado es cuando el corazón nos pide que busquemos la verdad y la razón nos señala nuestra vanidad.
Yo he saltado de alegría, ilusión, en los laboratorios de las Facultades de Ciencias y de Medicina, y en los Institutos de investigación que he visitado.
Para empezar os cuento uno de mis momentos de ilusión:
Un laboratorio en un Hospital. Estaba tratando de poner a punto un método para cuantificar una proteína por radioinmunoensayo (RIA). La técnica había sido descrita en 1959 por Rosalyn Yallow y Salomon Breson. El descubrimiento metodológico no fue un hallazgo cualquiera. El RIA ha permitido la cuantificación exacta de proteínas, de hormonas, de enzimas o de fármacos, y ha hecho posible el diagnóstico de múltiples situaciones de enfermedad. Además, y esto ahora parece sorprendente, la técnica no fue patentada por sus descubridores. Así se permitió que se desarrollara libremente en muchos laboratorios. Casi 20 años después (en 1977) a Rosalyn Yallow le fue concedido el Premio Nobel de Medicina y en esa época nosotros iniciábamos nuestra aventura radioinmunoanalítica. Nos interesaba cuantificar tiroglobulina y no encontramos en el mercado ninguna firma comercial que suministrara el “kit”. Tuvimos que fabricarlo nosotros. Compramos el anticuerpo en Bélgica, el antígeno marcado y el segundo anticuerpo en Francia. Un día de finales de 1978 todo estaba listo y empezamos. Habíamos definido las concentraciones de antígeno y de anticuerpos, los volúmenes de las disoluciones, los tiempos de reacción y la temperatura de incubación. Horas después los tubos de ensayo estaban listos para ser medidos en el contador de centelleo. Nadie, salvo los que nos dedicamos a la investigación científica, puede entender la ansiedad con que se esperan unos resultados que surgen minuto a minuto de un contador de radiactividad. Nadie puede entender que estemos mirando números que aparecen en una impresora durante cientos de minutos y que en ese tiempo estemos tratando de colocarlos en una gráfica imaginaria creyendo adivinar que va a ocurrir. No se puede transmitir la emoción que se siente cuando, al fin del experimento, los resultados obtenidos se ajustan a lo que teóricamente se previó. Y entonces, en ese instante, allí sobre la banca del laboratorio, se salta.
Ese día, en la banca del laboratorio yo salté.
Tags: Ninguno










Sindicación

2006-10-24 a las 11.55 am
Uno de los casos que mejor recuerdo se relaciona con mi tesis. Realicé unas primeras pruebas usando un primer programa básico con el que comprobé que obtenía buenos resultados. Decidí rehacer el programa para ser más versatil, permitir distintos tipos de medidas y, sobretodo, tener más precisión y rapidez para poder realizar pruebas más complejas en menos tiempo. Las vacaciones estaban próximas y quería dejarlo listo para cuando volviese.
Cuando acabé el programa y empecé a ejecutarlo observé que ya no tenía buenos resultados. Después de muchos meses/años de trabajo pensaba que ya no iba a conseguir nada, que me había equivocado en algo en el programa inicial y por eso había obtenido aquellos resultados aunque, por otra parte, estaba seguro de que todas las expresiones que había derivado eran correctas y las hipótesis bastante buenas. Decidí quedarme sin vacaciones porque no podía irme con esta preocupación y debía revisarlo todo. Afortunadamente, después de una semana descubrí que por un tonto despiste de programación fallaban los cálculos en el programa nuevo, un error en una unica línea del programa, que estaba antes que otra y no después: las permuté y voilá, todo perfecto a la primera.